El momento de los extremos; o cuando el centro político deja de ser un refugio

ANÁLISIS. Más allá del avance de la derecha en Occidente, o de la resistencia de las izquierdas, lo que realmente revoluciona el tablero político global es la crisis de los centros políticos. Hacia dónde va el mundo y qué conflictos se avecinan.

Redacción Israel en Español

Durante años, buena parte de la discusión política occidental giró en torno de una pregunta relativamente sencilla: ¿debía gobernar la centroizquierda o la centroderecha? Hoy esa pregunta parece haber perdido relevancia.

Desde Francia hasta Estados Unidos, desde España hasta América Latina, el escenario político muestra una tendencia común: los espacios moderados retroceden mientras crecen las fuerzas ubicadas en los extremos ideológicos del sistema.

La posible llegada de nuevas administraciones conservadoras en distintos países de Sudamérica, el fortalecimiento de formaciones nacionalistas en Europa y el peso que conservan sectores de izquierda radical en países como Francia sugieren que la política occidental atraviesa una transformación más profunda que un simple cambio de gobiernos.

Para diferentes analistas, el fenómeno central no es el avance de una ideología determinada, sino una creciente polarización que está erosionando el centro político.

El centro pierde terreno

El sociólogo francés Pierre Rosanvallon, profesor del Collège de France y uno de los principales estudiosos de las democracias contemporáneas, sostiene desde hace años que las sociedades occidentales experimentan una crisis de representación que debilita los mecanismos tradicionales de mediación política.

Los grandes partidos que durante décadas absorbieron demandas sociales diversas han perdido capacidad para representar electorados cada vez más fragmentados. En ese contexto, los ciudadanos buscan respuestas más contundentes y menos moderadas. Francia constituye probablemente el ejemplo más evidente.

Los grandes partidos han perdido capacidad para representar electorados cada vez más fragmentados.

A medida que se aproxima el final de la era política de Emmanuel Macron, los sectores mejor posicionados electoralmente aparecen concentrados en torno de la derecha nacionalista de Marine Le Pen y la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon, reflejando una creciente polarización del escenario político francés.

España muestra una dinámica similar, aunque con características propias. Mientras el gobierno continúa en manos de la izquierda, los sondeos señalan un crecimiento de las fuerzas conservadoras y una pérdida relativa de los espacios centristas, en un contexto de fuerte fragmentación política.

Más que economía, una disputa cultural

Durante buena parte del siglo XX, las diferencias entre derecha e izquierda estuvieron vinculadas principalmente a cuestiones económicas. Impuestos, regulación estatal, mercado laboral y políticas sociales ocupaban el centro del debate. Hoy, en cambio, las controversias más intensas tienen una naturaleza cultural e identitaria.

La inmigración, la seguridad, la globalización, las identidades nacionales, la religión, el multiculturalismo o los debates de género generan divisiones mucho más profundas que las tradicionales discusiones económicas.

El politólogo estadounidense Francis Fukuyama ha señalado –en algunas de sus obras, pero especialmente en Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment, de 2018– que la política contemporánea está cada vez más determinada por la búsqueda de reconocimiento identitario. Los individuos y grupos no sólo reclaman mejores condiciones materiales, sino también el reconocimiento de aquello que consideran esencial para definir quiénes son.

Francis Fukuyama ha señalado que la política contemporánea está cada vez más determinada por la búsqueda de reconocimiento identitario.

Esa transformación ayuda a explicar por qué los consensos son cada vez más difíciles. Porque, como podría resumirse en una frase, nadie negocia fácilmente sobre aquello que considera parte de su identidad.

Es posible alcanzar acuerdos sobre tasas impositivas o programas de gasto público. Resulta mucho más difícil hacerlo cuando la discusión involucra valores, creencias culturales o formas de entender la nación, la religión o la familia.

El mismo origen para dos radicalismos

Una interpretación frecuente sostiene que la polarización es consecuencia directa del crecimiento de la derecha. Sin embargo, diversos especialistas consideran que tanto la nueva derecha como la nueva izquierda son el resultado de una causa común.

El historiador israelí Yuval Noah Harari ha advertido repetidamente sobre el impacto social de las transformaciones económicas, tecnológicas y culturales aceleradas, que generan incertidumbre y sentimientos de pérdida de control en amplios sectores de la población.

Desde perspectivas distintas, economistas y sociólogos coinciden en señalar que la globalización produjo beneficios significativos, pero también dejó a numerosos grupos con la sensación de haber quedado relegados.

Algunos responden a esa frustración apoyando proyectos nacionalistas y soberanistas. Otros lo hacen respaldando propuestas de transformación radical del sistema económico.

Los caminos son distintos, pero el origen del malestar suele ser similar. Por eso, lo que se observa actualmente no es la sustitución de una hegemonía ideológica por otra, sino el fortalecimiento simultáneo de polos enfrentados.

Cuando las calles reflejan la polarización

Las tensiones políticas también comienzan a manifestarse fuera de las instituciones. Las recientes protestas y disturbios registrados en Francia e Italia alrededor del costo de vida, los servicios públicos y otras demandas sociales muestran cómo el descontento puede trasladarse a las calles y adquirir formas cada vez más confrontativas. En Milán se registraron enfrentamientos con la policía, saqueos y decenas de detenciones durante manifestaciones que inicialmente habían sido convocadas por motivos sociales.

Las recientes protestas y disturbios en Francia e Italia sociales muestran cómo el descontento puede trasladarse a las calles.

Aunque sería exagerado hablar de una crisis terminal de las democracias occidentales, lo que sí aparece como evidente es que el nivel de conflictividad social y política se encuentra en ascenso.

Una nueva etapa política

La pregunta ya no parece ser si gobernará la derecha o la izquierda. La cuestión de fondo es si las democracias occidentales podrán reconstruir espacios comunes capaces de contener electorados cada vez más divididos.

Durante tres décadas, el consenso liberal surgido tras la Guerra Fría logró integrar a sectores con diferencias importantes dentro de un marco compartido. Ese consenso muestra hoy signos evidentes de agotamiento.

La paradoja es que tanto la derecha nacionalista como la izquierda radical se alimentan de esa misma crisis. Por eso, quizá el fenómeno político más importante de nuestro tiempo no sea el ascenso de uno de los extremos. Quizá el verdadero acontecimiento histórico sea otro: el progresivo retroceso del centro, ese espacio donde durante décadas las democracias occidentales encontraron la posibilidad de construir acuerdos.

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