ANÁLISIS. A pesar de que parezca lo contrario, Israel no escapa a lo que pasa en el resto del mundo, con el fortalecimiento de los polos de izquierda y derecha en detrimento de los centros políticos. Una posible mirada sobre el resultado de las elecciones israelíes.
Redacción
Las elecciones celebradas en Israel dejan una fotografía política compleja, que difícilmente pueda resumirse en la idea de una derrota de la derecha o de un giro hacia la izquierda. Si algo parece emerger de los resultados es una tendencia más profunda: el debilitamiento de los espacios centristas tradicionales y el fortalecimiento de polos políticos cada vez más definidos, tanto en el electorado judío como en el árabe. Un fenómeno político que se viene repitiendo y del que ya tomó nota Israel en Español.
La primera lectura que surge de los números es evidente. Los partidos nacionalistas más radicales y las formaciones ultraortodoxas retrocedieron respecto de la legislatura anterior. La coalición que había permitido a Benjamin Netanyahu gobernar con comodidad perdió una parte significativa de su fuerza parlamentaria, reduciendo su capacidad para reeditar la misma fórmula política.
Sin embargo, una observación más detenida muestra que la pérdida de representación de estos sectores no necesariamente implica una derrota de sus ideas.
Durante años, Itamar Ben Gvir, Bezalel Smotrich y otros dirigentes de la derecha nacional-religiosa impulsaron posiciones que ocupaban espacios relativamente marginales dentro del sistema político israelí. Muchas de esas propuestas terminaron siendo absorbidas, parcial o totalmente, por el propio Netanyahu. En cuestiones vinculadas a la seguridad, al conflicto palestino, al rol del sistema judicial o a la afirmación del carácter nacional judío del Estado, el líder del Likud fue acercándose progresivamente a posiciones que décadas atrás habrían sido consideradas patrimonio exclusivo de la derecha más ideológica.
La primera lectura que surge de los números es evidente. Los partidos nacionalistas más radicales y las formaciones ultraortodoxas retrocedieron respecto de la legislatura anterior.
Desde esta perspectiva, el retroceso electoral de los partidos situados a la derecha del Likud podría interpretarse menos como una derrota ideológica que como un fenómeno de concentración política. Parte de sus votantes parecen haber optado por respaldar directamente a Netanyahu, percibido como el dirigente con mayores posibilidades de liderar el bloque nacional.
La consecuencia es paradójica. Los partidos de la derecha más dura pierden escaños, pero muchas de sus ideas conservan influencia dentro del principal partido del país. Al mismo tiempo, se produjo otro fenómeno de enorme relevancia: el crecimiento de la representación árabe.
La obtención de aproximadamente 19 escaños entre las listas árabes constituye uno de los resultados más significativos de la elección. Más allá de las diferencias ideológicas existentes entre las distintas formaciones del sector, el dato revela una movilización política creciente de los ciudadanos árabes de Israel y una consolidación de su peso dentro del sistema parlamentario.
Sería un error interpretar automáticamente este fenómeno como un fortalecimiento de la izquierda en términos convencionales. Los partidos árabes no encajan con facilidad en las categorías europeas o latinoamericanas de izquierda y derecha. Algunos tienen perfiles progresistas; otros mantienen posiciones conservadoras en cuestiones sociales o religiosas. Su principal rasgo común no es una ubicación ideológica clásica, sino la representación de intereses, identidades y demandas específicas de la minoría árabe israelí.
Precisamente por eso el crecimiento de estas fuerzas puede leerse como parte del mismo proceso que impulsa la concentración del voto nacionalista judío alrededor de Netanyahu: una tendencia hacia la afirmación de identidades políticas cada vez más definidas.
Visto desde esa óptica, el resultado electoral no parece indicar una moderación general de la sociedad israelí. Tampoco una victoria clara de un campo ideológico sobre otro. Lo que muestra es una sociedad en la que distintos grupos buscan expresarse a través de opciones políticas que representan de manera más explícita sus intereses, valores e identidades.
Visto desde esa óptica, el resultado electoral no parece indicar una moderación general de la sociedad israelí.
Esta dinámica se asemeja a procesos observados en otras democracias occidentales, donde el centro político pierde capacidad de organización y los sectores más movilizados adquieren un peso creciente. Sin embargo, en Israel la polarización no se desarrolla únicamente en el eje clásico de izquierda y derecha. También atraviesa divisiones entre religiosos y seculares, judíos y árabes, nacionalistas y liberales, partidarios y opositores de Netanyahu.
La novedad es que todos esos ejes parecen haber ganado intensidad al mismo tiempo. En este contexto, incluso el fortalecimiento de fuerzas centristas o moderadas debe interpretarse con cautela. Más que una restauración del viejo centro político israelí, podría tratarse del surgimiento de nuevos espacios construidos alrededor de preocupaciones específicas como la gobernabilidad, la estabilidad institucional o la gestión profesional de la seguridad nacional.
La fragmentación parlamentaria resultante refleja precisamente esa transformación. Los grandes espacios transversales pierden peso relativo, mientras aumentan los bloques con identidades más definidas. El escenario político se vuelve más difícil de articular, las coaliciones requieren negociaciones más complejas y la construcción de consensos amplios aparece cada vez más desafiante.
Por eso, quizá la conclusión más importante de estas elecciones sea que Israel no ha girado claramente hacia la derecha ni hacia la izquierda. Lo que parece estar ocurriendo es algo diferente: el centro deja de actuar como fuerza ordenadora del sistema, mientras los polos adquieren mayor densidad política y electoral.
La disminución de la representación de los partidos nacionalistas extremos y ultraortodoxos no implica necesariamente el retroceso de sus banderas, muchas de las cuales han sido incorporadas por Netanyahu y el Likud. Paralelamente, el crecimiento de los partidos árabes consolida otro polo político con peso propio y capacidad de influencia.
El centro deja de actuar como fuerza ordenadora del sistema, mientras los polos adquieren mayor densidad política y electoral.
Más que una alternancia convencional entre derecha e izquierda, el resultado sugiere una reconfiguración del mapa político israelí. Una política cada vez menos centrada en partidos bisagra y cada vez más estructurada alrededor de identidades colectivas fuertes. Un proceso que no elimina los consensos básicos de la sociedad israelí, especialmente en materia de seguridad, pero que sí dificulta la construcción de mayorías estables y amplía la distancia entre los distintos sectores que componen el país.
En ese sentido, la verdadera noticia de estas elecciones no sería el triunfo de un bloque sobre otro, sino la consolidación de una tendencia de fondo: el avance de la política de los polos en detrimento del viejo espacio central que durante años funcionó como punto de encuentro entre las distintas corrientes de la sociedad israelí.





