El giro ultraortodoxo y los votos árabes habían colocado a Gadi Eisenkot al borde del poder

Una voltereta en el aire de Judaísmo Unido de la Torá, aliado histórico en los gobiernos que encabezó Benjamín Netanyahu, deja al líder del Likud con menos votos en el Parlamento para formar gobierno y, tras el apoyo de uno de los partidos árabes, se fortalece la posibilidad de que Gadi Eisenkot sea el encargado por el presidente Herzog para formar gobierno en Israel. Crecen, de este modo, las posibilidades de que sea el futuro primer ministro de Israel.

Redacción

En un giro que redefine por completo el tablero político israelí tras las elecciones de 2026, el camino hacia la formación del próximo gobierno ha dado un vuelco dramático. Por un lado, el partido ultraortodoxo Judaísmo Unido de la Torá (UTJ), aliado histórico de Benjamin Netanyahu durante décadas, se ha negado a recomendarlo ante el presidente Isaac Herzog para la formación del gobierno. Por otro, el líder de Ra’am (Lista Árabe Unida), Mansour Abbas, ha ratificado oficialmente su respaldo a Gadi Eisenkot, líder del partido Yashar (Rectitud), otorgándole la mayoría de las recomendaciones necesarias para recibir el encargo presidencial.

Este doble movimiento deja a Netanyahu en una posición de extrema vulnerabilidad y posiciona al exjefe del Estado Mayor como el principal candidato para intentar formar una coalición que, hasta hace pocas semanas, muchos analistas consideraban matemáticamente imposible.

El colapso del bloque natural de Netanyahu

La decisión de JUT de no respaldar a Netanyahu no es un capricho táctico, sino el síntoma de una fractura estructural. Según reportes de Ynet y Yedioth Ahronoth, la presión interna en el sector ultraortodoxo se ha vuelto insostenible, principalmente debido al espinoso tema del servicio militar obligatorio para los estudiantes de las yeshivot (seminarios religiosos), un tema que explotó tras las lecciones de seguridad del 7 de octubre, cuando el ataque de Hamás dejó en evidencia serias fallas de inteligencia además de que puso sobre el tapete la discusión sobre quiénes están obligados a servir en las FDI sin por ella afectar sus creencias religiosas.

Al negarse a recomendar a Netanyahu, Judaísmo Unido de la Torá busca proteger sus propias prioridades sectoriales, calculando que un gobierno de transición o de unidad nacional podría ser más indulgente con sus demandas que un Likud desesperado por sobrevivir, que podría verse obligado a ceder ante presiones laicas y judiciales. Haaretz señala que esta jugada deja al bloque de derecha-religioso por debajo del umbral de los 61 escaños, aun antes de contar los votos de la oposición.

El dilema ultraortodoxo

Durante años, partidos como JUT y Shas fueron los «socios naturales» de Netanyahu, garantizando su mayoría a cambio de presupuestos sectoriales y exenciones del servicio militar. Sin embargo, la guerra y la crisis de los rehenes cambiaron el contrato social en Israel. La opinión pública laica y secular exige, con una intensidad sin precedentes, que los ciudadanos ultraortodoxos compartan la carga del servicio militar. Ante esta presión, los líderes rabínicos han calculado que mantenerse leales a Netanyahu a toda costa podría terminar costándoles más de lo que están dispuestos a pagar, prefiriendo una «abstención calculada» que les permita negociar desde una posición de supuesta neutralidad.

La apuesta pragmática de Ra’am: de la teoría a la práctica

Mientras el flanco derecho de Netanyahu se desmorona, Mansour Abbas ha ejecutado una maniobra de precisión. En su reunión con el presidente Herzog, Abbas declaró explícitamente: «Hemos decidido recomendar a Gadi Eisenkot para el cargo de primer ministro». Este movimiento, respaldado también por la Lista Conjunta, eleva el número de recomendaciones a favor de Eisenkot a aproximadamente 67, superando ampliamente el umbral simbólico y legal de la mayoría en la Knesset de 120 escaños.

The Times of Israel e i24NEWS destacan que esta decisión consolida a Eisenkot como el candidato con el mandato más claro para recibir el encargo de Herzog en los próximos días. Sin embargo, Haaretz no deja de señalar la ironía y la tensión inherente a este acuerdo: semanas antes de las elecciones, el propio Eisenkot había establecido condiciones retóricas que parecían diseñadas para excluir a Ra’am, exigiendo un reconocimiento absoluto de ciertos principios de seguridad que Abbas difícilmente puede suscribir públicamente.

La paradoja de Ra’am

Mansour Abbas no busca entrar formalmente al gabinete como ministro (lo que lo expondría a un desgaste brutal y a acusaciones de traición por parte de su base y del mundo árabe). Su estrategia es la de «socio externo»: garantizar la estabilidad del gobierno de Eisenkot mediante abstenciones clave o apoyo en votos de confianza, a cambio de un «contrato cívico» blindado. Esto incluye presupuestos millonarios para combatir el crimen en las ciudades árabes, reconocimiento de aldeas en el Negev y una voz real en la planificación urbana y económica, separando estos temas civiles del conflicto macro con los palestinos de Cisjordania o Gaza.

Análisis crítico: ¿estabilidad o ilusión temporal?

Aquí es donde el análisis periodístico debe ir más allá del entusiasmo por el «cambio» que hoy envuelve a todos quienes quieren ponerle fin al reinado de Netanyahu. Que Eisenkot tenga los números para recibir el encargo no significa que tenga un camino fácil para gobernar Israel. Un intento similar a éste ya se vio en 2021 con un gobierno encabezado por Naftali Bennett y Yair Lapid, que tenía el apoyo del mismo Abbas, de Raam. Aquel gobierno no fracasó por mala gestión sino por una clásica jugada de Netanyahu, que consiguió revertir un voto en la Knesset, con lo cual esa coalición quedó en minoría y debió llamar a nuevas elecciones que, por supuesto, volvieron a ungir a Netanyahu como primer ministro.

Pero más allá de los vaivenes políticos israelíes, veamos cuáles son los problemas que deberá enfrentar un nuevo gobierno sin Netanyahu, que une a fracciones de centro derecha con otras de centroizquierda y partidos árabes de izquierda y de centroizquierda:

1. La fragilidad de la coalición: Un gobierno que depende de la abstención o el apoyo externo de partidos árabes, mientras intenta mantener unidos a partidos de centro, derecha moderada e izquierda, es intrínsecamente inestable. Cualquier incidente de seguridad en Jerusalén, Cisjordania o la frontera norte podría romper el frágil equilibrio.
2. La reacción del Likud: Ynet reporta que el equipo de campaña del Likud está operando en modo de «pánico controlado», intentando presionar a partidos pequeños para que deserten o buscando desacreditar la legitimidad de un gobierno apoyado por Ra’am, utilizando la vieja narrativa de que es un «gobierno que depende de quienes niegan el derecho de Israel a existir».
3. El factor Eisenkot: Como exjefe del Estado Mayor, Eisenkot goza de una credibilidad de seguridad que Netanyahu ya no tiene. Su reto será demostrar que puede ser tan firme en materia de defensa como para calmar a la derecha, pero lo suficientemente pragmático como para no alienar a sus nuevos socios árabes y centristas.

Conclusión

Israel se encuentra ante una encrucijada histórica. La negativa de Judaísmo Unido de la Torá y el respaldo de Ra’am a Eisenkot no son meros ajustes aritméticos; son un rechazo del statu quo que ha dominado la política israelí en la última década.

Para nuestros lectores, la lección es clara: la política israelí nunca es estática. Cuando las estructuras de poder tradicionales (el matrimonio entre el Likud y los partidos religiosos) se agrietan, surgen alianzas impensables. El éxito de este nuevo experimento no dependerá de los números en la Knesset, sino de la capacidad de Eisenkot para transformar una coalición de conveniencia en un proyecto de gobernabilidad real.

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