Los 19 escaños que definen el futuro de Israel: el pragmatismo árabe, el estigma político y las líneas rojas de la Knesset

Análisis. Apenas están comenzando las negociaciones para formar gobierno en Israel y cada bloque comienza a jugar sus fichas. Netanyahu jugó primero y atacó a la oposición en lo que para ambos bloques es un punto débil: la alianza con los partidos árabes. En tanto, qué dicen los árabes y qué están dispuestos a ceder para apoyar una alianza que destrone al primer ministro y dé comienzo una nueva etapa de gobierno.

Redacción Israel en Español

Las elecciones de octubre de 2026 han dejado una fotografía política ineludible: ni el bloque de Benjamin Netanyahu (53-54 escaños) ni la oposición de Gadi Eisenkot (48 escaños) alcanzan los 61 escaños necesarios para gobernar. En este tablero sin mayorías claras, los partidos árabes han logrado un hito histórico al sumar 19 escaños, transformándose matemáticamente en los «hacedores de reyes» (*kingmakers*) de la XXVI Knéset.

Sin embargo, detrás de la aritmética parlamentaria se esconde una de las paradojas más profundas de la democracia israelí: la dependencia estructural de una minoría a la que el sistema político *mainstream* se resiste a tratar como un socio legítimo.

Identidad y terminología. ¿Árabes israelíes o palestinos de Israel?

Para entender su papel político actual, primero hay que comprender su identidad. Los «árabes israelíes» son los descendientes de la población árabe que permaneció en sus hogares tras la guerra de 1948 (la Nakba), a diferencia de los refugiados que huyeron o fueron expulsados. Representan aproximadamente el 20% de la población de Israel y tienen ciudadanía israelí plena, con derecho a voto, sistema de salud y representación parlamentaria.

El debate terminológico es relevante: el Estado y gran parte de la prensa utilizan el término «árabes israelíes» para definirlos por su ciudadanía. Sin embargo, gran parte de esta comunidad prefiere autodenominarse «palestinos de Israel» o «palestinos del 48». Esta no es una mera cuestión semántica: refleja su apego a su identidad nacional, cultural e histórica palestina, que coexiste (y a menudo entra en tensión) con su pasaporte israelí. Políticamente, esta dualidad explica por qué sus partidos rara vez se enfocan en el conflicto macro con los palestinos de Cisjordania o Gaza, sino que centran su plataforma en la discriminación sistémica, la falta de presupuestos, el crimen organizado en sus ciudades y el reconocimiento de sus aldeas no reconocidas en el Negev.*

Dos liderazgos, dos estrategias: Abbas y Odeh

Los 19 escaños no son un bloque monolítico. Están divididos principalmente entre dos fuerzas con liderazgos y retóricas muy distintas, lo que define su estrategia de negociación actual:

Mansour Abbas y Ra’am (aprox. 8 escaños): Líder del movimiento islámico moderado, Abbas rompió el tabú en 2021 al ser el primer político árabe en entrar formalmente a un gobierno israelí (el de Naftali Bennett). Su enfoque es puramente pragmático. Tras la noche electoral, declaró: «Estamos aquí y no estamos al margen». La prioridad de Abbas es extraer concesiones cívicas concretas (presupuestos, infraestructura, lucha contra el crimen) a cambio de sostener un gobierno de la oposición.

Ayman Odeh y Hadash-Ta’al / Lista Conjunta (aprox. 11 escaños): De perfil comunista y de izquierda, la retórica de Odeh es mucho más confrontativa. Ha utilizado su tribuna para exigir responsabilidad política a Netanyahu por los fallos del 7 de octubre. Aunque descarta unirse a una coalición de derecha, su bloque deja la puerta abierta a un «gobierno de cambio», aunque con mayores exigencias ideológicas que Abbas.

El papel histórico de los partidos árabes en Israel

La presencia árabe en la Knesset ha evolucionado drásticamente a lo largo de las décadas. Entre 1948 y 1966, durante el gobierno militar sobre los ciudadanos árabes, su participación fue marginal y tutelada por partidos judíos como el Mapai. En los años 70 y 80 comenzaron a surgir partidos árabes independientes, a menudo vinculados a la izquierda judía (como Hadash). En los 90 y 2000 se consolidaron las facciones nacionalistas (Balad, Ta’al), y su enfoque se volvió más confrontativo, estableciéndose una norma no escrita entre los partidos sionistas: no depender de los partidos árabes para formar gobierno. En 2015, para superar la barrera electoral del 3,25%, nació la «Lista Conjunta», unificando a casi todas las facciones árabes. En 2021, Mansour Abbas separó a Ra’am de la Lista Conjunta y entró al gobierno de Bennett-Lapid, marcando un antes y un después. Ahora, en 2026, la participación récord —impulsada por el miedo y la frustración tras las guerras recientes— lleva a los partidos árabes a su techo histórico de 19 escaños.

La «abstención activa»: Lo que dicen los líderes y lo que ocurre en los pasillos

Fuentes cercanas a las negociaciones en Haaretz y The Times of Israel coinciden en que la verdadera intención de los líderes árabes no es entrar al gabinete. Sentarse en la mesa de ministros los expondría a un desgaste enorme: serían los chivos expiatorios de cualquier crisis económica o de seguridad, y su base los acusaría de traición por normalizar un sistema que los margina.

La estrategia real, negociada en los pasillos (el famoso off-the-record), es la «abstención activa». Los partidos árabes se comprometerían a no votar en contra de la investidura y a abstenerse en votaciones clave (como el presupuesto), permitiendo que la oposición alcance los 61 escaños sin necesidad de que los árabes firmen los acuerdos de coalición. A cambio, exigirían un «contrato cívico» blindado: presupuestos millonarios para el sector árabe y compromisos contra la violencia.

El estigma, la hipocresía y las líneas rojas sionistas

Aquí es donde el análisis debe ser crítico. La derecha liderada por Netanyahu ha lanzado una campaña preventiva feroz para envenenar cualquier acuerdo. El primer ministro saliente ha etiquetado a los partidos árabes como «anti-sionistas» y «apoyos del terror», afirmando que «el público de Israel no quiere un gobierno que dependa de Ra’am o de la Lista Conjunta»*. El objetivo es claro: hacer que el costo político de apoyarlos sea inasumible para cualquier partido judío.

Pero la hipocresía no es exclusiva de la derecha. Sectores del centro y la izquierda sionista, que hoy necesitan matemáticamente estos 19 escaños, mantienen «líneas rojas» ideológicas. Figuras como Avigdor Liberman (Yisrael Beiteinu) han dejado claro que no formarán parte de ningún gobierno que «dependa del terror» (en referencia a su visión de los partidos árabes).

La paradoja democrática

Israel se enorgullece de ser la única democracia de Oriente Medio, y con razón: sus minorías votan, tienen jueces en la Corte Suprema y diputados en la Knesset. Sin embargo, el sistema político trata a sus ciudadanos árabes como un «problema demográfico» que debe ser contenido, más que como una circunscripción legítima. La paradoja actual es evidente: el sistema democrático israelí funciona gracias a los votos de una minoría que, al mismo tiempo, es sistemáticamente excluida de las esferas de toma de decisiones reales. La derecha los usa como espantajo electoral para asustar al votante judío; la izquierda los usa como escalera matemática para llegar al poder, pero rara vez los trata como socios de pleno derecho.

Conclusión: Un test de madurez política

Las negociaciones de las próximas semanas no sólo definirán quién será el próximo primer ministro de Israel. Pondrán a prueba la madurez democrática del país.

Si la oposición liderada por Eisenkot logra superar el estigma y formalizar un gobierno que, directa o indirectamente, dependa de los 19 escaños árabes, se habrá roto definitivamente el tabú de que los ciudadanos palestinos de Israel son «parias políticos». Si, por el contrario, el miedo a la derecha dura y las líneas rojas del centro prevalecen, Israel no sólo se enfrentará a unas nuevas y frustrantes elecciones, sino que confirmará que su democracia tiene un techo de cristal para el 20% de su población.

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