El líder de Yisrael Beitenu, Avigdor Liberman –quien antes de las elecciones había rechazado conformar gobierno con el apoyo de los partidos árabes israelíes–, señaló que estaba dispuesto a considerar sus diferencias con los partidos ultraortodoxos, como forma de evitar que Eisenkot alcance la mayoría con el apoyo de los árabes.
Por momentos, la política israelí pareció encaminarse esta semana hacia un desenlace impensado pocos meses atrás: el fin de la era Netanyahu y la llegada del exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot a la Oficina del Primer Ministro. Sin embargo, en apenas veinticuatro horas, las negociaciones dieron un nuevo giro que vuelve a demostrar una vieja regla de la política israelí: nada está decidido hasta que los 61 votos estén garantizados.
La primera señal de terremoto político llegó cuando sectores de Judaísmo Unido de la Torá, especialmente la facción lituana Degel HaTorah, decidieron no recomendar a Benjamín Netanyahu para formar gobierno ante el presidente Isaac Herzog. La medida constituyó una ruptura sin precedentes recientes entre el líder del Likud y uno de sus socios más fieles, motivada principalmente por el fracaso de la última coalición para aprobar una legislación que protegiera las exenciones militares para los estudiantes de yeshivá.
El gesto fue interpretado inmediatamente como una señal de que los partidos ultraortodoxos estaban dispuestos a explorar alternativas. Al mismo tiempo, los partidos árabes anunciaban su disposición a recomendar a Gadi Eisenkot para recibir el mandato presidencial. Esa combinación llevó a numerosos analistas a sostener que el ex jefe militar se encontraba a las puertas de una mayoría parlamentaria capaz de desalojar a Netanyahu del poder.
Sin embargo, el principal obstáculo seguía siendo Avigdor Liberman. Durante años, el líder de Yisrael Beiteinu construyó buena parte de su identidad política sobre dos vetos casi absolutos: la cooperación con los partidos árabes y la participación de los partidos ultraortodoxos en el gobierno mientras mantuvieran las exenciones al servicio militar. El resultado electoral parecía empujarlo precisamente hacia una de esas dos opciones.
La sorpresa llegó este viernes. Liberman anunció que estaba dispuesto a reconsiderar su posición respecto de los partidos ultraortodoxos e incluso aceptar compromisos en la cuestión del reclutamiento militar obligatorio para los estudiantes de yeshivá. Al mismo tiempo, mantuvo firme su rechazo a cualquier fórmula de gobierno que dependa de los partidos árabes, incluso mediante apoyo externo.
La decisión modifica completamente el tablero. Hasta ahora, la vía más visible para Eisenkot parecía apoyarse en los 19 escaños obtenidos por las listas árabes, que registraron un resultado histórico y se convirtieron en actores decisivos de la nueva Knesset. Sin embargo, esa opción chocaba con la oposición frontal de Liberman y también generaba incomodidad entre sectores de centro y centroderecha que integran el denominado «bloque del cambio».
Con el movimiento de Liberman aparece una alternativa diferente: una coalición integrada por el bloque opositor de Eisenkot, junto con Judaísmo Unido de la Torá y posiblemente Shas, que permitiría alcanzar los 61 escaños sin depender de los partidos árabes y sin incluir a Netanyahu. Diversas estimaciones sitúan esa combinación exactamente en el mínimo necesario para obtener una mayoría parlamentaria.
Paradójicamente, los ultraortodoxos, que durante años fueron considerados el sostén más sólido de Netanyahu, podrían transformarse ahora en los árbitros de su salida.
Esto no significa necesariamente que la posibilidad de una coalición encabezada por Eisenkot sea hoy más sencilla. Por el contrario, implica sustituir un problema por otro. Los partidos centristas y seculares que integran el bloque opositor hicieron campaña precisamente reclamando una reforma profunda del sistema de reclutamiento y una distribución más equitativa de las cargas nacionales. Aceptar a los ultraortodoxos en la coalición obligaría a realizar concesiones importantes en uno de los temas más sensibles de la sociedad israelí tras tres años de guerra y movilizaciones continuas de reservistas.
Desde la perspectiva de Liberman, el cálculo parece responder a una prioridad superior: impedir una nueva elección y cerrar definitivamente el ciclo político de Netanyahu. El propio dirigente sostuvo que la situación nacional requiere «compromisos dolorosos» y que intentar conseguir todo puede terminar dejando a todos sin nada.
Ahora la atención se concentra en el presidente Isaac Herzog, quien deberá decidir a quién otorgará primero el mandato para formar gobierno. Eisenkot llega a esa instancia con más recomendaciones formales que Netanyahu, gracias al respaldo obtenido del bloque opositor y de los partidos árabes. Sin embargo, la verdadera cuestión ya no es quién recibirá el mandato, sino si existe una mayoría políticamente coherente capaz de sobrevivir más allá de la ceremonia de investidura.
Israel parece haber abandonado el escenario de una confrontación simple entre Netanyahu y sus adversarios. El debate ha entrado en una fase más compleja, donde las viejas líneas divisorias entre derecha, centro, árabes y ultraortodoxos comienzan a difuminarse bajo una pregunta mucho más concreta: quién está dispuesto a ceder más para evitar una nueva crisis política.
Y, como ocurre con frecuencia en la historia política israelí, la respuesta podría terminar llegando desde donde menos se la esperaba: los mismos partidos ultraortodoxos que durante años garantizaron la supervivencia de Netanyahu.
Fuentes consultadas: The Times of Israel, Jerusalem Post, All Israel News, Ynet, France 24, AFP y reportes sobre las consultas presidenciales y las negociaciones de coalición publicados entre el 4 y el 6 de noviembre de 2026.





