La demolición de un monumento palestino por parte del diputado de Sionismo Religioso expuso tensiones internas en Israel y abrió un debate sobre la legitimidad de las acciones simbólicas en territorios ocupados. La reacción del Ejército y de Netanyahu, sumada a la cobertura de medios como Ynet y Haaretz, revela la dimensión política e internacional del episodio.
El video del diputado israelí Zvi Sucot destruyendo con un mazo un monumento palestino en la aldea de Madama, Cisjordania, no sólo generó un escándalo inmediato, sino que también puso en evidencia la disputa por la memoria y la soberanía en los territorios ocupados. La acción, realizada bajo escolta militar, fue presentada por el legislador como un acto de justicia contra símbolos que, según él, glorifican a “asesinos de judíos”. Sin embargo, la reacción institucional y política en Israel mostró que el gesto excedió el plano personal y se convirtió en un problema de Estado.
De acuerdo con lo publicado por Ynet, la visita de Sucot había sido coordinada con el oficial de seguridad de la Knesset y el Ejército israelí, pero la autorización se limitaba a la inspección de los monumentos. El Ejército denunció que el diputado actuó “de forma engañosa y manipuladora” y que desvió tropas de sus funciones operativas para protegerlo, lo que constituye un uso indebido de recursos militares en un contexto de alta tensión en Cisjordania.
En paralelo, Haaretz recogió las declaraciones del propio Sucot, quien defendió que el monumento conmemoraba a militantes palestinos responsables de la muerte de israelíes y que su presencia era una afrenta a las víctimas. Esta narrativa, centrada en la legitimidad de la memoria, contrasta con la posición del primer ministro Benjamin Netanyahu, que calificó la acción como “reprobable” y recordó que la soberanía en Cisjordania corresponde al Ejército, no a los parlamentarios. La condena del jefe de gobierno refleja la incomodidad institucional ante un acto que desafía la autoridad militar y expone a Israel a críticas internacionales.
Netanyahu calificó la acción como “reprobable” y recordó que la soberanía en Cisjordania corresponde al Ejército, no a los parlamentarios.
La oposición también reaccionó con dureza. Gadi Eisenkot señaló que el comportamiento de Sucot “es una vergüenza” y acusó al gobierno de permitir que “anarquistas” dañen la seguridad y la imagen internacional del país. Estas declaraciones muestran que el episodio no se limita a un choque simbólico, sino que se inscribe en la disputa política interna sobre el rumbo de la ocupación y el papel de los sectores más radicales.
En el plano internacional, la agencia oficial palestina Wafa denunció el ataque como una agresión contra símbolos de memoria palestina, mientras que medios europeos como AFP y RFI destacaron la gravedad del hecho y su impacto en la percepción global de Israel. La acción de un legislador bajo escolta militar fue interpretada como un acto de vandalismo que refuerza las críticas hacia la política israelí en Cisjordania y alimenta la narrativa de que la ocupación no sólo se expresa en términos territoriales, sino también en la disputa por los símbolos y la memoria colectiva.

El caso de Zvi Sucot ilustra cómo un gesto aparentemente aislado puede convertirse en un catalizador de tensiones más profundas. La demolición de un monumento no es sólo un acto físico, sino un mensaje político que cuestiona la legitimidad de la memoria palestina y desafía la autoridad israelí en los territorios ocupados. La condena del Ejército y del propio Netanyahu revela que, incluso dentro de Israel, existe un límite institucional frente a la radicalización de ciertos sectores. Al mismo tiempo, la repercusión internacional confirma que los símbolos, en un conflicto tan prolongado, tienen un peso político tan significativo como los hechos militares.





