El prestigioso escritor israelí publicó en Ynet una columna de opinión en la que plantea que los dos mayores fracasos del gobierno de Netanyahu ocurrieron desde el inicio hasta el 7/10, y luego de esa fecha hasta la actualidad. El primero, un orden distorsionado de prioridades, y el segundo, plagado de residuos destructivos y peligrosos. Lo positivo: aún no es tarde para solucionarlo.
Los cuatro años del gobierno de Netanyahu han sido los más difíciles para Israel desde la Guerra de la Independencia. Pero, ¿es esto culpa del gobierno y del primer ministro? Después de todo, no toda calamidad que ocurre durante el mandato de un gobierno es necesariamente responsabilidad suya. Muchas veces, los gobiernos deben enfrentarse a desastres naturales, crisis económicas y guerras sangrientas que llegan a sus puertas sin haber sido provocadas por ellos. También está claro que un primer ministro no puede ser responsable de cada decisión equivocada de algún teniente coronel del ejército o del juicio erróneo de alguna subdirectora general en un ministerio gubernamental.
Sin embargo, hay una cosa de la que el gobierno y quien lo encabeza son siempre responsables: establecer el orden de prioridades del Estado. Ésa es su tarea más importante. Es la cabeza la que determina en qué se concentrarán todos los tenientes coroneles, las subdirectoras generales y el resto de los ciudadanos. Y en los meses que precedieron al 7 de octubre de 2023, Benjamín Netanyahu impuso a Israel un orden de prioridades desastroso.
Cuando Netanyahu formó su último gobierno tuvo que elegir cuál de los problemas de Israel sería el foco de atención del país. Podía haber decidido concentrarse en el costo de vida, en la crisis de la vivienda, en la amenaza iraní, en Hezbolá o en Hamás. Netanyahu decidió concentrarse en el sistema judicial, como si la entonces presidenta del Tribunal Supremo, Esther Hayut, y sus colegas fueran la mayor amenaza para Israel.
Netanyahu decidió concentrarse en el sistema judicial, como si la entonces presidenta del Tribunal Supremo, Esther Hayut, y sus colegas fueran la mayor amenaza para Israel.
Apenas seis días después de la investidura del gobierno, el 4 de enero de 2023, el ministro de Justicia ya había presentado el proyecto estrella del sexto gobierno de Netanyahu: neutralizar al Tribunal Supremo, debilitar al poder judicial y modificar el sistema de gobierno de Israel. La decisión de luchar contra el Tribunal Supremo en lugar de luchar contra Hamás, Hezbolá o Irán fue desastrosa, y fue enteramente obra de Netanyahu.
Un peligro claro e inmediato
Durante los nueve meses transcurridos entre el 4 de enero de 2023 y el 7 de octubre de 2023, los jefes del sistema de seguridad advirtieron a Netanyahu que estaba imponiendo al país un orden de prioridades equivocado y que Israel se encontraba ante un peligro existencial en materia de seguridad.
Es cierto que no previeron los detalles exactos del ataque del 7 de octubre, pero sí comprendieron perfectamente que Israel estaba rodeado por un anillo de fuego compuesto por enemigos crueles y dispuestos a actuar. Las Fuerzas de Defensa de Israel, el Shin Bet, el Mossad y altos responsables retirados dijeron una y otra vez a Netanyahu que debía detener la locura de la reforma gubernamental que estaba desgarrando al país desde dentro y concentrarse, en cambio, en la amenaza exterior. Una y otra vez, Netanyahu se negó a escuchar.
El ejemplo más conocido quedó grabado en la conciencia israelí como la “Noche de Gallant”. En respuesta a las advertencias que el ministro de Defensa, Yoav Gallant, recibió del sistema de seguridad que dirigía, pronunció un discurso el 25 de marzo de 2023 en el que pidió detener la reforma gubernamental y concentrarse en la amenaza de seguridad que enfrentaba Israel.

Gallant advirtió que existía “un peligro claro, inmediato y tangible para la seguridad del Estado. En los últimos días y semanas, en conversaciones y debates tras bastidores, presenté la situación de seguridad. Pedí, argumenté y expliqué. En este momento debemos detener el proceso para poder sentarnos a dialogar. Pero ahora lo digo en voz alta, públicamente. Por la seguridad de Israel, por nuestras hijas e hijos. Hay que detener en este momento el proceso legislativo”.
En respuesta, Netanyahu despidió a Gallant.
Cientos de miles de israelíes que comprendieron la magnitud del peligro salieron a las calles y obligaron a Netanyahu a restituir a Gallant en su cargo. Sin embargo, no lograron que Netanyahu escuchara las advertencias del ministro de Defensa, del jefe del Estado Mayor y del director del Shin Bet.
La “Noche de Gallant” fue el ejemplo más conocido, pero ni mucho menos el único. Generaciones de responsables de la seguridad tiraron repetidamente de la solapa del primer ministro y le gritaron una y otra vez al oído: “¡Cuidado! ¡Estás conduciendo a Israel al abismo!”.
Entre marzo y julio de 2023, Netanyahu recibió cuatro cartas distintas de la Dirección de Inteligencia Militar advirtiendo sobre el peligro de una guerra. En julio, numerosos altos responsables retirados firmaron una carta pública en la que escribieron a Netanyahu: “Nosotros, veteranos de las guerras de Israel, sentimos que estamos en la víspera de la Guerra de Yom Kipur y levantamos ante usted y su gobierno una señal roja de advertencia”.
Entre marzo y julio de 2023, Netanyahu recibió cuatro cartas distintas de la Dirección de Inteligencia Militar advirtiendo sobre el peligro de una guerra.
Ese mismo mes, en vísperas de la votación sobre la limitación del criterio de razonabilidad judicial, el director del Shin Bet, Ronen Bar, se dirigió a Netanyahu y le dijo: “Le entrego hoy una advertencia de guerra”.
El día de la votación, la cúpula de las Fuerzas de Defensa de Israel se presentó en la Knéset y pidió entrar al despacho de Netanyahu para exponerle personalmente sus preocupaciones, pero él se negó a recibirlos.
En agosto, el general retirado Giora Eiland mantuvo una serie de reuniones con la inteligencia militar, tras las cuales advirtió a Netanyahu sobre un peligro existencial para el Estado. Netanyahu ignoró la advertencia.
Según una investigación realizada por Shlomi Eldar y Ruth Yuval, a finales de septiembre el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, el emir Mohamed bin Zayed, habló con Netanyahu y le advirtió que Hamás estaba planeando una gran operación contra Israel. Pero esto tampoco movió a Netanyahu, que no modificó su orden de prioridades, ni siquiera se molestó en compartir con el sistema de seguridad la información que le había transmitido Bin Zayed.

Entre enero y octubre de 2023, Netanyahu ignoró todas las advertencias e impuso a Israel una agenda según la cual la mayor amenaza para el país no eran Hamás o Irán, sino los jueces del Tribunal Supremo.
Los nueve meses de esta locura dieron origen a la mayor catástrofe de la historia del Estado. Más de mil israelíes fueron masacrados, cientos fueron secuestrados y regiones enteras fueron evacuadas apresuradamente.
Incluso durante la Guerra de la Independencia y la Guerra de Yom Kipur, Israel sólo evacuó un número reducido de pequeñas localidades aisladas difíciles de defender. Como consecuencia del desastre del 7 de octubre, quedaron abandonadas por sus habitantes las ciudades de Sderot y Kiryat Shmona, así como buena parte del Néguev occidental y de la Alta Galilea.
Alrededor de 250.000 israelíes se convirtieron en refugiados en su propia tierra.
El principal responsable de todo ello es un primer ministro que estableció un orden de prioridades equivocado y que durante largos meses se tapó los oídos ante todas las advertencias.
La victoria absoluta
La fijación de un orden de prioridades erróneo en los meses previos al 7 de octubre fue el primer gran fracaso del gobierno de Netanyahu. Un fracaso no menos grave comenzó el 7 de octubre y continúa hasta hoy.
En tiempos de guerra, la función del ejército es combatir y la del gobierno es traducir los éxitos militares en logros políticos. Quien gana una guerra no es quien mata a más personas, destruye más edificios o conquista más territorios, sino quien consigue logros políticos duraderos. Sin esos logros, se puede ganar batalla tras batalla y aun así perder la guerra. Eso fue lo que ocurrió, por ejemplo, con Aníbal y con Napoleón.
En los tres años transcurridos desde el 7 de octubre de 2023, las fuerzas de seguridad israelíes han logrado una larga serie de impresionantes éxitos en el campo de batalla, como la operación de los bípers del 17 de septiembre de 2024, la eliminación de la cúpula de Hezbolá en la operación “Nuevo Orden” y el golpe asestado a Irán en la operación “Como un León”.
Estos éxitos demostraron que la sociedad israelí está llena de leonas y leones que hacen todo lo posible por defender el Estado y que tenemos un ejército y unos servicios de inteligencia entre los mejores del mundo.
Lamentablemente, no puede decirse lo mismo de nuestro gobierno.
Tras tres años de enormes sacrificios por parte de la sociedad israelí, el gobierno de Netanyahu no ha sabido traducir las numerosas victorias obtenidas en el campo de batalla en ningún logro político estable y duradero. Ni en Gaza, ni en el Líbano, ni en Irán, ni en ningún otro lugar.

Ah, lo olvidaba. Sí hemos obtenido el reconocimiento de Somalilandia.
Pero mientras que nuestra situación diplomática en Somalilandia nunca había sido mejor, Hamás sigue gobernando entre las ruinas de Gaza; en el Líbano, Hezbolá se está reconstruyendo; Turquía se afianza en Siria; Irán conserva sus capacidades nucleares y toma el control del estrecho de Ormuz; e Israel sufre un aislamiento internacional cada vez más grave.
Hay que subrayar que nuestro aislamiento internacional no era inevitable ni es solamente producto de un antisemitismo profundamente arraigado.
En los días posteriores al 7 de octubre, Israel recibió un nivel de simpatía internacional sin precedentes. En el mes posterior al desastre visitó el país una larga lista de líderes de Estados y organizaciones para expresar su apoyo a Israel, entre ellos los presidentes de Estados Unidos y Francia, la presidenta de la Comisión Europea, el canciller de Alemania y los primeros ministros del Reino Unido, Italia, Países Bajos, Grecia, República Checa y varios otros países.
En todo el mundo, edificios públicos fueron iluminados con los colores azul y blanco, entre ellos la Casa Blanca en Washington, la residencia del primer ministro británico en Londres, la Torre Eiffel en París, el edificio del Congreso brasileño, la Puerta de Brandeburgo en Berlín e incluso el Arco de Tito en Roma.
El gobierno de Netanyahu desperdició todo ese crédito internacional y consiguió hacer que Israel resultara antipático incluso para su mayor aliado.
Durante décadas, una piedra angular de la política exterior israelí fue conservar la simpatía hacia Israel tanto dentro del Partido Demócrata como dentro del Partido Republicano de Estados Unidos, de modo que, independientemente de quién ganara las elecciones en Estados Unidos, siempre tendríamos verdaderos amigos en Washington.
Debido a la gestión fallida del gobierno de Netanyahu, parece que no importa quién gane las próximas elecciones en Estados Unidos: Israel se enfrentará a serios problemas.
Una parte cada vez mayor del Partido Demócrata considera a Israel un Estado violento y racista, responsable de crímenes y atrocidades contra la población civil de Gaza y de Judea y Samaria.
Una parte cada vez mayor del Partido Demócrata considera a Israel un Estado violento y racista.
Al mismo tiempo, una parte cada vez mayor del Partido Republicano adopta teorías conspirativas antisemitas y acusa a Israel de haber arrastrado a Estados Unidos a una guerra innecesaria contra Irán.
Desde 2023, los israelíes luchan como leones. Pero esos leones son guiados por burros.
El gobierno de Netanyahu ha provocado sobre Israel el mayor desastre de su historia y conduce al país hacia la ruina.
La situación es muy grave, pero aún no es demasiado tarde para corregirla. El 27 de octubre, los leones tendrán la oportunidad de librarse de los burros. Conviene aprovechar esa oportunidad. Quizá sea la última.
Y entonces, tal vez, por fin podamos disfrutar de algo de tranquilidad, y los leones puedan volver a ser simplemente seres humanos.





