El primer ministro que construyó un monstruo con sus propias manos

Artículo de opinión publicado originalmente en Ynet y firmado por el periodista y analista israelí Avi Issacharoff. En esta columna, el autor sostiene que la acumulación de informaciones y testimonios sobre las advertencias previas al ataque del 7 de octubre refuerza la necesidad de una comisión estatal de investigación y atribuye al primer ministro Benjamin Netanyahu una responsabilidad central en los acontecimientos que precedieron a la masacre.

(Las opiniones expresadas pertenecen exclusivamente a su autor y se presentan por su relevancia para el debate público israelí)

Hay algo podrido en el reino de Netanyahu. No desde ayer ni desde anteayer. Y, aun así, parece que la podredumbre y el hedor no dejan de expandirse.

Mientras los medios internacionales, junto con los israelíes, siguen revelando una y otra faceta de la responsabilidad de Netanyahu en el fracaso del 7 de octubre, los portavoces de Bibi se dedican, de manera embarazosa, a hablar del acento insuficientemente estadounidense del candidato a primer ministro, Gadi Eisenkot.

Mientras The New York Times confirma los informes de Shlomi Eldar y Ruth Yuval sobre una advertencia emiratí transmitida directamente a Netanyahu acerca de un gran ataque de Hamás desde Gaza, y The Atlantic corrobora antiguos reportes de Smadar Perry sobre una advertencia similar procedente de Egipto, Yonatan Urich y otros miembros de Canal 14 hacen bromas con tintes racistas sobre un padre en duelo, ex jefe del Estado Mayor y, por encima de todo, una persona que dedicó toda su vida al Estado de Israel.

Ese es el nivel. Y ese es también el problema del “reino de Netanyahu”. Más allá de los portavoces y de la base de apoyo, la magia se desvanece. Las maniobras resultan demasiado transparentes, los chistes son miserables y la huida de la responsabilidad se vuelve cada vez más vergonzosa.

Y ese es también el problema del “reino de Netanyahu”. Más allá de los portavoces y de la base de apoyo, la magia se desvanece.

Las advertencias sobre las que informaron por primera vez medios israelíes, egipcios y emiratíes están siendo confirmadas por dos de los medios de comunicación más prestigiosos del mundo. Y siguen acumulándose más y más testimonios sobre el fracaso del propio Netanyahu, que allanó el camino para la masacre.

¿Son medios inmunes al error? No. Y aun así, son medios con una alta credibilidad y que, al menos en sus informaciones periodísticas, verifican datos y hechos.

Tiene miedo

Los hombres de Bibi aprovecharán la ocasión para afirmar que The New York Times mantiene una línea claramente antiisraelí. Pero The Atlantic, por el contrario, no es sospechoso de ser antiisraelí. Tampoco funciona el intento de los allegados de Netanyahu de desacreditar a los periodistas israelíes Shlomi Eldar y Smadar Perry.

Ya existe una masa crítica de hechos e informes que explica por qué Netanyahu se opone con tanta firmeza a la creación de una comisión estatal de investigación independiente e imparcial.

Su decisión de ignorar la advertencia emiratí y de no informar siquiera a los jefes del sistema de seguridad no puede interpretarse de otro modo que como negligencia. Un desprecio cuyas implicaciones suponen una pesada responsabilidad por el fracaso.

Incluso después de recibir aquella advertencia, en la ya célebre reunión que presidió el 1 de octubre de 2023, no sólo omitió mencionarla, sino que además ordenó al sistema mantener la calma frente a la Franja de Gaza.

Y eso a pesar de que el entonces jefe del Shin Bet, Ronen Bar, quien con el tiempo se convertiría en enemigo de la familia real, exigía en aquella misma reunión atacar a importantes operativos de Hamás que dirigían actividades terroristas en Cisjordania desde la Franja. Netanyahu, como se ha señalado, ordenó mantener la calma como directriz estratégica.

También la advertencia egipcia, que contenía un mensaje similar, fue ignorada por el primer ministro, según todos estos informes.

Bibi se mostró excesivamente confiado y seguro de sí mismo. Durante largos meses avanzó directamente hacia el muro mientras insistía en continuar con su reforma del sistema judicial, pese a que era evidente que conduciría a un desastre de seguridad.

También la advertencia egipcia, que contenía un mensaje similar, fue ignorada por el primer ministro.

Netanyahu no ignoró solamente a los egipcios o a los emiratíes. También ignoró la advertencia de una posible guerra presentada por el jefe del Shin Bet, así como las alertas de responsables de Inteligencia Militar y del ejército que advertían de una catástrofe inminente.

Netanyahu rechaza también esas advertencias y sostiene que ninguna de ellas se refería específicamente a Gaza. Es cierto. Pero las advertencias de los Emiratos Árabes Unidos y de Egipto sí hablaban concretamente de Gaza, y Netanyahu, en lugar de transmitirlas a los niveles profesionales correspondientes, simplemente las ocultó.

Los enviados de Netanyahu se esfuerzan por difundir teorías conspirativas cada vez que tienen ocasión, afirmando que Ronen Bar y Herzi Halevi ocultaron deliberadamente información al primer ministro aquella noche. Sin embargo, ahora resulta que fue precisamente Netanyahu quien les ocultó información a ellos.

Y todas esas advertencias ni siquiera se acercan a la escandalosa responsabilidad de Netanyahu por haber permitido que Hamás se convirtiera en una potencia militar en la frontera del Estado de Israel.

No solo estuvo al frente del sistema desde 2009 y promovió una política de fortalecimiento de Hamás en detrimento de la Autoridad Palestina. Fue también él, y nadie más, quien impulsó desde 2018 la financiación de Hamás con ayuda de Qatar.

Ese mismo patrocinador de los Hermanos Musulmanes al que Netanyahu atacó desde la tribuna de las Naciones Unidas hace apenas unos días fue el país al que recurrió para facilitar la transferencia de fondos a Gaza en lugar de utilizar recursos canalizados a través de la Autoridad Palestina, a la que considera un enemigo.

Fue también él, y nadie más, quien impulsó desde 2018 la financiación de Hamás con ayuda de Qatar.

Y la polémica aún más inconcebible, para la que existen pruebas inequívocas, es que incluso después de que Netanyahu fuera advertido en 2019 de que ese dinero estaba llegando al ala militar de Hamás, ordenó continuar con la transferencia de los fondos qataríes hacia Gaza.

Dicho de la manera más simple: Netanyahu construyó al monstruo con sus propias manos.

Prefiere permitir que sus portavoces ataquen a los jefes del ejército y del Shin Bet, aunque todos ellos ya hayan sido destituidos o hayan renunciado, en un intento de alejar el fuego de su propia figura.

Pero fue él quien menospreció las advertencias de las Fuerzas de Defensa de Israel y de la Inteligencia Militar, las del Shin Bet y también las de países amigos como los Emiratos Árabes Unidos y Egipto.

Fue él quien empleó, y sigue empleando, asesores que recibieron salarios de Qatar para desacreditar la imagen de Egipto ante la opinión pública israelí.

Puede seguir culpando a los medios de comunicación, a la izquierda, a los jefes militares y a los directores del Shin Bet. Pero, al final del día, fue el hombre que nos condujo al desastre del 7 de octubre y es el responsable de la mayor masacre sufrida por el pueblo judío desde la Shoá.

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